Promethea, de Alan Moore y J. H. Williams III.
Publicado por Mon Petit Renard en Abril 22, 2007

Después de unas andanzas editoriales de lo más irregular en nuestro país, parece que por fin veremos recopilado de forma íntegra y en un mismo formato este singularísimo tebeo, en la edición de Norma Editorial. Recordemos que los 12 primeros números fueron editados aquí por Planeta de Agostini en formato grapa, a los que siguieron 4 tomos que recopilaban los 15 números siguientes hasta llegar al 27 de la edición norteamericana. Si tenemos en cuenta que la serie terminó su andadura en el número 32, esto nos deja apenas cinco números inéditos que supongo no tardaremos mucho en ver por aquí.
Aparte de la serie original existe una historieta corta con un personaje secundario de la serie en el Especial America´s Best Comics, también editado en España. En Estados Unidos se ha editado, además de los recopilatorios con la serie original, un cuaderno con las portadas y un breve comentario de J. H. Williams III. Un capricho, vamos.
Los serie está escrita, obviamente, por Alan Moore, y J. H. Williams III se encarga del dibujo de portadas e interiores de toda la obra, con el entintado eficiente de Mick Gray y el color infográfico de Jeromy Cox. José Villarubia ha aportado su arte en algunos episodios, y Alex Ross realizó una de las dos cubiertas que tiene el primer número.
Si no han leído nada de esta serie será difícil conseguir transmitirles un poco de qué va. Quien haya seguido algo la trayectoria profesional y personal de Moore ya sabrá de sus coqueteos con la magia y lo oculto, y parece ser que decidió utilizar este cómic para volcar la mayor parte de sus inquietudes al respecto. Se trata de un tebeo, advirtámoslo desde un principio, bastante esotérico aunque, a la vez, accesible; un cómic “para todos y para ninguno”, por si les suena. Moore y Williams III aprovechan para realizar todo tipo de experimentos verbales, visuales y metalingüísticos, de tal modo que cada página de cada número es absolutamente única. Prácticamente cada episodio tiene sus propias coordenadas narrativas y estéticas, sin solución de continuidad, sorprendiendo al lector cada vez que pasa la página; la serie recuerda un caleidoscopio, mutando constantemente, aunque con una coherencia interna y una perfectibilidad en ese probable caos que no puede ser suficientemente bien ponderada en unas pocas líneas. En mi modesta opinión, un auténtico placer para los sentidos y el intelecto, e incluso, para ese “sexto sentido” que quedaría más allá, en los reinos de la Inmateria.
La historia gira alrededor de un mito encarnado, Promethea, capaz de tomar un avatar cuando un ser humano simplemente inventa sus historias. Pero esto, en uno de los interminables niveles y metaniveles superpuestos en el discurso de la serie, no es más que la excusa, la máscara que toma Moore para llevar al lector de la mano por una auténtica iniciación a la magia, plagada de hitos, de ritos de paso, de hechizos y conjuros, de enseñanzas de sabiduría antigua y moderna, trabajos y penalidades, pero también gratificaciones e iluminación.
Ahora bien, no se piensen que tras toda esta trascendentalidad Moore ha olvidado cómo contar una buena historia y entretener a sus lectores. Sus personajes respiran como sólo Moore sabe hacerlos respirar, y sus cuitas y sus líos nos tendrán pendientes de un hilo durante toda la serie. La trama se va subdividiendo, poco a poco, en un millar de pequeños fragmentos repartidos entre los diferentes caracteres, fragmentos que, de manera casi increíble y a todas luces brillante, terminan encajando al final; el relojero de Watchmen se supera a sí mismo.
Moore y Williams III crean, además, todo el escenario a su antojo. Desde el mundo en el que habitan “terrenalmente” los personajes, situado en algún punto del futuro, hasta los interminables de la Inmateria y alrededores, un universo inagotable se abre ante el lector. La cantidad de detalles que inundan las páginas, y que van dando pistas que ayudan a contextualizar todo lo que va ocurriendo, es realmente asombrosa. No es un tebeo cuyas historietas se despachen en cinco minutos, menos aún si uno quiere entretenerse descubriendo la cantidad de mensajes que esconden las viñetas. Correlativamente, en la relectura objetos, escenarios, personajes que podían habernos pasado desapercibidos cobran nuevo sentido.
Hay que alabar especialmente la labor del dibujante. Las capacidades de Moore son más que conocidas, pero pocas veces ha tenido la fortuna de poder contar con un artista tan adecuado para alguno de sus proyectos. Promethea podría haberla dibujado otra persona, pero es difícil pensar en alguien con mayor imaginación visual, recreación en el detalle, sentido estético y narrativo, minuciosidad, perfeccionismo… cada página podría enmarcarse. En las portadas encontramos, por su parte, una miscelánea de homenajes a todo tipo de artistas (Van Gogh, Frazzetta, Mucha…) y experimentos visuales. Vale la pena hacerse con el cuadernillo que les comentaba antes, que poderlas contemplar en sucesión una detrás de otra es una auténtica maravilla.
Dado que no se ha publicado aún aquí, les comento que el último número, el 32, contiene el que quizá sea el experimento más ambicioso de los llevados a cabo en la serie. El número puede leerse de manera convencional, de la primera a la última página; pero es que si se separan las páginas retirando las grapas del comic-book pueden formarse, uniendo las páginas siguiendo cierto orden, dos posters, uno por cada cara de las hojas. Esa es la razón por la que es el único número americano que tengo en grapa… y porque un amigo muy querido me lo quiso regalar. Antes de que se lo pregunten: en la recopilación en tomo, dado que no resultaría muy factible desencuadernarlo para poder montar el póster, se ha optado por incluir el cómic en el lugar correspondiente y, al final del volumen, incluir un espectacular desplegable con las dos imágenes resultantes de juntar las páginas de uno y otro lado. No es tan vistoso como con la grapa, pero hay que reconocer que es bastante más práctico.
En conclusión, se trata sin duda de una obra muy personal, tan compleja como ambiciosa, merecedora de interminables adjetivos y, qué duda cabe, no será tampoco plato de todos los gustos. Es de esas series que quizá convenga conocer un poco a la persona antes de recomendarla… en todo caso, si la trama por algún motivo no llega a convencer, yo invitaría a cualquier lector a que, como mínimo, ojeara algún ejemplar. Pero no pasando rápidamente las hojas, sino tratando de centrar la visión en cualquiera de las páginas, y no pasarla hasta haber “enfocado” bien las imágenes. Si ni por ahí le entra, mejor desistir de ello. ¿Recuerdan el final de la Ética de Spinoza?
A mí Promethea me tiene enamorado. Cada vez que miro sus viñetas sueño que soy yo el que inventa nuevas historias para mi niña.
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